La infancia no es solo una etapa de la vida ni un momento evolutivo y/o cronológico. No se trata solamente (o exclusivamente) de que el bebé o niñ@ crezca y esté «sano» en términos médicos o que logre tal o cual cosa acorde con su edad sino, del espacio que se le otorgue a su palabra, su Voz, sus respuestas en el desarrollo.
La infancia implica no solo un espacio sino también “tiempos” donde se producen: los «cimientos» del sujeto. En el mejor de los casos, donde acontece el pasaje del bebé y/o niñ@ al surgimiento del sujeto que implica, entre otras cosas, que el niñ@ deja de ser un “puro objeto” del Otro para ir forjando de a poco sus caminos, sus respuestas, sus diferencias, su subjetividad.
Es en la infancia donde operan las separaciones, duelos y pérdidas que según cómo se transiten y el lugar que ocupen para quienes llamamos Otros primordiales del niñ@ (mamá, papá, adult@s a cargo), dejarán las marcas que irán siendo retomadas y transformadas para afrontar los caminos y adversidades de la vida.
De ese reconocimiento inicial del sujeto dependerá, en gran parte, la posibilidad de que el niñ@ soporte los avatares de la vida y reconozca aquellas diferencias que lo separan no solamente de sus Otros primordiales sino también, de los otros (sus pares, por ejemplo).
Por eso, promovemos infancias que no impliquen un andar solitario ni completamente libres sino que, prendidas a un deseo no anónimo, estén sostenidas por las manos de sus Otros significativos que le permitan, a su tiempo: despegar.